Chacahua es una isla remota al norte de Puerto Escondido, en la costa oaxaqueña. Una comunidad de raíz afrodescendiente que no rebasa los 2,500 habitantes, donde la mitad se dedica a la pesca y la otra mitad al turismo, cada vez más presente. A Chacahua se llega por lancha, entre manglares verdes y agua salada. Al descender, el mundo se vuelve lento: los caminos son de tierra, las casas de madera, el sonido de las olas presencia constante.
Los días comienzan temprano y terminan con el sol cayendo sobre la laguna. Niños jugando en la arena, pescadores reparando redes, turistas con tablas bajo el brazo. En medio de esa postal viva, emergen dos figuras que ya son parte del paisaje: Yaara y Chen. Su andar ligero, su sonrisa franca y su acento extranjero ya no sorprenden. Son parte de la isla, y su historia se ha entrelazado con la de muchos.
Bajo un techo de palma y piso de tabique, respiro paz mientras escucho a Yaara y Chen conversar en hebreo, su lengua natal. Entre papeles y libros, afinan el horario de clases para la semana entrante. Me acomodo en una silla, saco mi grabadora, mi libreta, y me preparo para escuchar. El sonido del mar acompaña. Ellas planean con cuidado, siempre tomando en cuenta el oleaje.
—Cuando comienzas un proceso con un niño —que es la cosa más noble del mundo— tienes el compromiso de estar aquí—, me dicen Yaara y Chen. La frase queda flotando en el aire, cargada de compromiso.
Mientras mi café llega a una temperatura aceptable, enciendo la grabadora. Las chicas, con un melódico acento extranjero, me cuentan el origen de esta conmovedora iniciativa bautizada con luz propia: Sale El Sol (@sale_el__sol).
—Yaara y yo nos conocimos en abril de 2024, aquí en Chacahua —recuerda Chen. Lo dice con una claridad serena.
Me estremezco. Lo que yo creí un proyecto planeado con años de anticipación y una larga amistad, resulta haber nacido de algo mucho más espontáneo. Casi místico. Como si esta isla hubiera sido el escenario de un encuentro destinado.
Yaara llegó a México después de haber participado como paramédica en la guerra en su lugar de origen, buscando sanar sus heridas y aprender a surfear en algún rincón del Pacífico. No sabía que ese viaje la transformaría. Un mal día, se fracturó un dedo del pie y quedó fuera del mar por semanas. Poseedora de una enorme resiliencia, decidió ofrecer talleres gratuitos de joyería artesanal —su profesión en su lugar de origen— a los niños del pueblo. Ese gesto simple fue el inicio de un proceso terapéutico, tanto para ella como para la comunidad.
Chen, también surfista israelí, ya vivía en Chacahua. Tenía una energía serena, firme. Con una mirada que invita a confiar, prestaba sus tablas a adolescentes locales sin equipo de surf. Así se conocieron: dos mujeres, dos historias paralelas, un mismo deseo de contribuir.
El vínculo fue inmediato. Al poco tiempo, decidieron unir esfuerzos en torno a un sueño común: acompañar a la juventud de Chacahua a través de la educación, el arte y el surf. Sale El Sol comenzó con nada más que su voluntad, unas cuantas herramientas, y un profundo compromiso.
Como todo lo que vale la pena en la vida, el principio fue difícil. Yaara y Chen, sin apoyo institucional, viajaban por temporadas a trabajar fuera y enviar el dinero al proyecto. Lo más duro era alejarse de los chicos con quienes ya compartían días enteros de talleres y surf.
—Sabíamos que no podíamos simplemente tener a los chicos en la casa todo el día. Teníamos que dar el siguiente paso: hablar con sus familias—, recuerda Yaara.
Con un español básico pero una intención clara, fueron de casa en casa explicando su deseo de aportar al futuro de los niños. La confianza se construyó lentamente. Hoy, Sale El Sol ofrece clases de inglés, matemáticas y español, talleres de cocina internacional, joyería artesanal y surf. Pero el proyecto va más allá. No se trata solo de habilidades: se trata de formar seres humanos. De darles herramientas para navegar el mundo, dentro y fuera del agua.
—Después del accidente, no podía hacer nada. El trauma manejaba mi vida —dice Yaara, con la voz entrecortada. Perdí a mi amor en un accidente en Medio Oriente. Fue aquí, en Chacahua, donde entendí que sí podía hacer algo: ayudar a otra persona.
En momentos oscuros, dar es una forma de sanar. Chen y Yaara lo saben bien. A cambio, reciben sonrisas, abrazos salados, dibujos en crayón con las palabras “te amo" escrita con esfuerzo. Esos son los sueldos emocionales que sostienen este proyecto.
La isla tiene una de las mejores olas del Pacífico, y los chicos tienen talento natural. Sale el Sol apoya su desarrollo deportivo: algunos ya compiten a nivel estatal. Uli, de 16 años, es uno de ellos. Conocido por su talento y carisma, es también un modelo para los más pequeños.
—Fue una bendición que llegaran —dice Uli. —Ahora, en lugar de quedarme en el celular o juntarme con gente equivocada, vengo a ayudar. Me da un propósito.
Uli sueña con representar a México en torneos internacionales, y ayudar a las futuras generaciones a tambien lograr sus sueños.
En La Estrella, la casa del proyecto, se organizan clases, cenas de recaudación y talleres con viajeros que quieren aportar. Los chicos también participan dando clases a turistas o vendiendo limonada en la playa. Se trata de aprender dando, de crecer en comunidad.
Uno de los logros más profundos ha sido expandir los horizontes culturales de los chicos. En los encuentros, entre slackline, humus, baile y fogatas, los niños se mezclan con visitantes de todo el mundo. Se crean lazos, se derriban muros. Se aprende que hay muchas formas de vivir, y que todo es posible.
—¡Haim sheli! ¡Hola haim sheli!— exclama Chen al ver llegar a los chicos.
Me había llamado la atención esa expresión, que repetían con frecuencia. Me explican que significa "mi vida" en hebreo. Un gesto de afecto profundo.
En el judaísmo, el sonido de las palabras tiene valor espiritual. Algunas combinaciones son puertas hacia lo divino. Esa explicación me da claridad. Quizá por eso, al escuchar "haim sheli" de sus labios, sentía un calor inesperado, como si un amigo me saludara después de mucho tiempo.
Hoy, Chacahua tiene cinco seleccionados estatales que se preparan para los nacionales. Sale El Sol cuenta con una campaña activa en GoFundMe para cubrir viáticos, mejorar instalaciones y conseguir pasaportes. El sueño crece. La casa se llena. Las tablas se comparten. El idioma ya no es una barrera. Hay quienes escriben canciones, otros hacen collares, todos se sienten parte.
Tras varios días en la isla, me toca despedirme. Me voy conmovido por la entrega de estas mujeres que, desde el dolor, eligieron construir. Muy lejos de casa, decidieron dedicar su vida a crear un espacio de amor, contención y desarrollo. Un lugar donde el sol no solo sale en el cielo, sino también en los rostros de quienes lo habitan.
Porque no importa cuán oscura sea la noche, mañana siempre Sale el Sol.
Shalom, haim sheli.