En las costas de Oaxaca se está formando algo nuevo: una ola de origen místico que avanza con ímpetu y ruge con fuerza. De ascendencia espiritual y futuro brillante, esa ola se llama Kalama. Esta es su historia.

OPA


Eric Stratton nació en 1960, en el estado de Maryland, Estados Unidos. Su padre era oficial naval y fue transferido al territorio de Hawái mientras Eric aún cursaba la preparatoria. Solo el destino sabría que aquel movimiento —aparentemente aleatorio— desencadenaría una ola expansiva que décadas más tarde tocaría las costas del surf mexicano.


Los años setenta fueron una época dorada para el surf en Hawái: competencias internacionales, un auge cultural sin precedentes y la consolidación de un estilo de vida alrededor del mar. Las playas hawaianas eran célebres por sus olas perfectas, y la cultura del surf se convirtió en un símbolo identitario.


Recién llegado a la isla, Eric descubrió el arte de deslizarse sobre el agua en la capital mundial del surf. Con ello llegó también la faceta menos luminosa de ese ambiente: alcohol, drogas y una cultura de libertinaje que envolvía a muchos jóvenes.


En ese contexto —dentro del surf y la cultura hedonista de la época—, el originario de Maryland comenzó a formar su vida adulta. De gran corazón pero consciente de que estaba perdiendo el control, Eric admitió humildemente necesitar ayuda para combatir sus adicciones. La restauración no sería fácil, pero encontró apoyo y una luz de esperanza en un grupo de jóvenes cristianos que lo acompañaron en su camino hacia la salvación.

La fe y el surf guiaban ahora su vida. Con el tiempo conoció también el amor. De esa unión nació su hijo Jared, a quien desde pequeño le transmitió su fe y la belleza de vivir bajo el sol, sobre una tabla y al servicio de los demás.


Tras un complicado divorcio, Eric —ya como padre de un niño de nueve años y misionero cristiano— dejó la isla para cumplir el llamado de su fe: compartir la palabra en las costas de un país lejano, a más de seis mil kilómetros de distancia: México. Su pasado le había dejado claro que quería ayudar a jóvenes que —como él en su tiempo— necesitaran esperanza y propósito. Así, Eric, Jared y Rocky —su mejor amigo y compañero misionero— llegaron a las costas de Mazatlán, Sinaloa.


Como era de esperarse, estos tres aventureros emprendieron un viaje tras las mejores olas del país. Llegaron finalmente a Oaxaca, donde, al ver romper el mar, entendieron que ese lugar sería su hogar. Instalados en La Punta Zicatela, fundaron El Refugio, un proyecto en el que volcaron su alma, apoyando a jóvenes en condiciones desfavorables a través del surf y la fe.


El Refugio pronto se convirtió en un lugar seguro y una tierra de paz para muchos. Gracias a la entrega incondicional de Eric, la comunidad lo apodó con cariño Opa, que en alemán significa “abuelo”.

Corría 1992 cuando, un buen día, llegó a manos de Opa una postal que mostraba una ola imponente. Quien se la obsequió aseguró —casi en tono de leyenda— que aquella ola quebraba al sur del estado, en un sitio cercano al Istmo llamado Salina Cruz. No había mucho que pensar: Eric, Jared y Rocky amarraron las tablas a la camioneta y partieron decididos a encontrar aquella pared azul que se formaba frente a un point break de granito puro.


Ya en Salina Cruz, se detuvieron a comer en un pequeño restaurante del centro, sin saber que estaban a punto de cambiar la vida de alguien más.


Un joven mesero de unos 17 años, César Ramírez, se acercó con entusiasmo al ver que la camioneta cargaba tablas de surf, un deporte que había visto solo en televisión. Su emoción abrió la puerta a una conversación con los recién llegados —y un tanto perdidos— surfistas.


—¿Conoces este lugar? —preguntó Eric, mostrando la postal—. Nos dijeron que esta ola sale aquí en Salina Cruz.


Tras un momento de duda, César —quien no era precisamente un hombre de mar— señaló:


—Me parece que es Punta Conejo.


—¡¿Nos podrías llevar?! —exclamaron los tres aventureros.


Con cierta ignorancia pero con una convicción clara, César aceptó.


Al día siguiente, consiguió que un amigo pescador los llevara en bote a aquel recóndito sitio que, por entonces, solo los verdaderos hombres de agua conocían.

Rebosantes de felicidad, los tres viajeros —junto con su improvisado guía— llegaron a Punta Conejo, sintiendo la surreal sensación de entrar en la postal. Eric, Jared y Rocky surcaron los largos y constantes tubos que ofrecía la punta sin pedir nada a cambio. César observaba desde la orilla, incrédulo, contemplando la poesía que solo existe cuando una tabla corre sobre una ola.


Guiado por su corazón de servicio, Opa se detuvo en pleno festín acuático para acercarse a la orilla y hablar con el chico que los había llevado hasta ese paraíso.


—Ven —le dijo, haciendo señas.


César, con los ojos iluminados, aceptó.


Eric lo subió a su propia tabla y, nadando a su lado, le dio instrucciones mientras esperaban la siguiente ola. Segundos después, entre espuma y luz, Eric lo impulsó y le regaló el júbilo de deslizarse por una de las expresiones más hermosas de la creación: una ola.


Ese día, la vida de César cambió para siempre.

la nueva ola


“La primera vez que entré a un tubo; entré a otro mundo”


Camino por la calle principal de La Punta, entre restaurantes y tiendas de surf. Sigo las indicaciones de Google Maps mientras mi playera ya no soporta una gota más de sudor. Claro, es mayo y estoy en la costa oaxaqueña.


—Esta debe ser —me dije al ver la fachada de una casa decorada con una tabla partida en tres pedazos y el apellido Stratton escrito sobre ella.


Después de tocar el timbre me recibe Zazy, la madre de Kalama. Con calidez y amabilidad me invita a pasar. Apenas puse un pie dentro, pensé: esto es un templo; un templo del surf.


Tablas, dibujos infantiles con paisajes tropicales y fotografías antiguas de algún héroe del deporte adornan las paredes. Al llegar al patio veo una melena rubia, dorada y abundante, asomando desde una escalera: es Kalama, ocupado con alguna labor del hogar.


—Estamos preparándonos para salir a entrenar —me dice Zazy mientras Kalama baja de la escalera.


—Hola —saluda el joven surfista, con un acento peculiar: extranjero y costeño al mismo tiempo. Su tono me remite a cuando mi propia voz comenzó a cambiar en la adolescencia; una época inolvidable.

Caminamos hacia La Punta, tabla en mano y pies descalzos. Una tarde normal para él, que vive a solo unas cuadras de una de las mejores olas de México. Mientras avanzamos, conversamos. Recién nos conocemos, pero es evidente que todo el pueblo los conoce a ellos.


—¡Hola, Kalama! —escucho por aquí y por allá.


Al llegar a la playa, Kalama estudia cuidadosamente el momento perfecto para lanzarse y remar hacia el point. Son apenas las cinco de la tarde, y el sol todavía nos dará un par de horas para verlo entrenar. Zazy me explica que hacía tiempo no venía a observarlo, porque normalmente es Jared —su papá— quien está con él todo el día. Pero esta vez Jared se encuentra trabajando en el extranjero.


Hawaiano por parte de padre y oaxaqueño por parte de madre, Kalama —a sus trece años— demuestra un talento y un compromiso que solo se ve en las grandes leyendas del surf. Jared, impulsado por su propio padre, Eric (“Opa”), creció en Puerto Escondido y llegó a ser amateur pro surfer en su adolescencia, mientras ayudaba a su padre misionero en El Refugio.


Zazy, maestra de inglés y directora de primaria, y Lana, la hermana mayor, completan una familia construida sobre el surf y la fe.


—Kalama y su abuelo tenían una relación muy bonita; pasaban mucho tiempo juntos —recuerda Zazy, observándolo desde la orilla—. Opa le regaló su primera tabla cuando tenía apenas dos años.


Un par de horas después —y muchas anécdotas y memorias familiares— Kalama sale del agua. Volvemos a casa para afinar la logística de los próximos días. Entrenaremos en Salina Cruz, el mítico lugar donde grandes leyendas han sido forjadas y grandes historias han nacido.


Nos hospedamos en Salina Cruz Surf Camp, hogar del campamento de surf mexicano más conocido en el mundo. Durante cinco días, dentro y fuera del agua, Kalama y yo conversamos de manera muy natural. De ahí surgieron los siguientes diálogos..

—El abuelo ayudaba a muchos niños; les enseñaba a surfear y les daba de comer. Él compartía su fe con ellos —me dice Kalama una mañana después de la sesión matutina.


Aunque es reservado y de pocas palabras, en su mirada se refleja una capacidad cognitiva sorprendente. Tiene una seguridad espiritual que no nace del ego, sino de algo más profundo. Pienso en aquella frase bíblica: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.


—¿Qué sientes cuando estás bajando una hermosa pared azul? —pregunto con genuina curiosidad.


—Puedo sentir su creación cuando estoy surfeando —responde con serenidad.


—¿Cuál es tu sueño más grande, Kalama?

—Ganar las Olimpiadas. Quiero ser el mejor surfista del mundo —dice con firmeza—. Mi abuelo y mi papá siempre me enseñaron a darlo todo en el agua. Ellos siempre decían: "Charge hard".


—Fuera del agua, ¿qué te gusta hacer?


—Jugar con mis amigos. Jugamos a las atrapadas y a las escondidillas.


—¿Qué se siente estar entubado? —pregunto, incrédulo; yo nunca lo he vivido.


—Increíble —responde—. La primera vez que entré a un tubo, entré a otro mundo.

Es como estar debajo del agua, pero dentro de un espacio con aire; y si gritas puedes escuchar tu voz correr a la misma velocidad que el agua. Es increíble.


—¿Qué te da miedo? —pregunto con cuidado.


—Me da un poco de miedo la oscuridad —contesta con honestidad.


Me sorprende: esperaba que mencionara las olas de tres metros y medio que ha surfeado en Hawái. Pero lo entiendo. A los trece años yo también temía a la oscuridad, y como él, siempre he visto el mar como un parque de diversiones que exige respeto absoluto.


—¿Cuál es tu próxima meta? —pregunto, sabiendo que su respuesta será ambiciosa.


—Ganar los Nacionales CONADE —dice con mirada resuelta—. Ganarlos me daría la oportunidad de ir al ISA, al Mundial Junior sub-16.


—¿Cuál es tu frase personal?


—Nunca hagas nada a medias —responde Kalama, mirándome directamente a los ojos.

El ciclo de la vida


“Está mentalmente preparado para quemarse los pies en la arena y tirarse en Hawái.”


“Ese día cambió mi vida por completo” —recuerda César con gratitud— “La semana siguiente viajé a Puerto Escondido a comprar una tabla. No podía seguir viviendo sin sentir de nuevo el agua corriendo bajo mis pies”.


A los 17 años, completamente enamorado del surf, César contactó a Eric y Jared para pedirles asilo en El Refugio durante unos días, mientras encontraba su primera tabla. A partir de ese encuentro nació una amistad que trascendería tiempo y espacio.


Décadas después, y tras un largo camino de esfuerzo, César Ramírez —mejor conocido como César Salina Cruz— se convertiría en el fundador de Salina Cruz Surf Camp, referente mundial del surf trip en México. Un hombre entregado por completo al arte de las olas. Durante la primera década del nuevo milenio, desarrolló un proyecto muy exitoso, colaborando con grandes marcas y equipos internacionales, llegando a alojar a leyendas como Andy Irons y Kelly Slater.

“Recuerdo que habían pasado muchos años sin ver a Jared y a Eric” —comienza a relatar— “Un día fui de visita a La Punta y vi a Eric, con su característica barba larga —ya con algunas canas—, jugando con un niño pequeño en la playa. Ese día conocí a su nieto: Kalama”.


Opa y Jared impulsaron los primeros pasos de Kalama, acompañándolo en sus primeras olas e inculcándole el respeto profundo que se debe tener al mar. Siempre recordándole que lo importante es agradecer a Dios por sus dones y por la oportunidad de disfrutar una Creación tan perfecta.


Aunque parezca paradójico, también por obra de Dios llegó un día oscuro. En 2017, Eric Stratton, “Opa”, falleció en un accidente automovilístico a los 57 años. Dejó un vacío enorme en la comunidad y, sobre todo, en su familia, para quienes era raíz, pasión y guía espiritual. Puerto Escondido y el surf mexicano vieron partir a uno de sus mayores héroes hacia un horizonte sin retorno.

La vida es un ciclo en equilibrio perfecto, aunque a veces cueste creerlo. Tras su partida, Jared continuó entrenando a Kalama, entonces un niño de cinco años. Día y noche, enfocados en tomar más y mejores olas, Kalama subió de nivel año tras año. Seguían con la misión, sin imaginar que Opa aún tenía un plan para ellos.


Durante una temporada atípica de pocas olas en La Punta, Jared decidió viajar a Salina Cruz, donde el pronóstico prometía mejores condiciones. Allí se reencontró con César, a quien no veía desde hacía años. Con entusiasmo, César los invitó a hospedarse en su casa. Desde ese momento se retomó una relación entrañable, y Kalama comenzó a entrenar con él.


Hoy César es entrenador de la Selección Estatal de Oaxaca, principal promotor del surf juvenil y coach de la Selección Nacional de Surf. Como si fuera obra del destino, es también entrenador y uno de los mayores apoyos de Kalama, honrando el regalo que recibió en estas mismas playas hace más de tres décadas, cuando un misionero cristiano le cambió la vida a un joven mesero.

“Para mí ha sido la oportunidad de devolver lo que me dio Eric”, me confiesa César, mientras conversamos sobre la vida y el destino.


“Kalama tiene esa energía de los niños que sueñan con ser profesionales. Todos los morros quieren ser pros, ¿no? Algunos empiezan a destacar, agarran más olas que otros, se avientan a intentar maniobras. A Kalama le costaban los recortes, no tenía la técnica todavía, pero le entraba. Le entraba duro. Una y otra vez. Y Jared siempre estuvo ahí, orientándolo. Pero faltaba algo. Había una pieza que no encajaba en el rompecabezas. Faltaba esa guía técnica que ni Jared ni yo podíamos darle” —comenta César, refiriéndose al día en que consiguió un lugar para Kalama en el surf camp de su amigo hawaiano Kahea — “Fue ahí cuando Kalama despegó”.


“Durante el invierno de 2023, un día lo tiran de Waimea Bay. Gigante. Lo tuvieron que sacar los salvavidas. ¡Tenía once años! Chiquitito. Pero fue en ese torneo donde despegó. De ahí no paró. Un año después fuimos al Mundial en El Salvador”.


—¿Qué hace especial a Kalama, más allá del talento? —le pregunté con genuino interés.


“Lo que tiene Kalama, y no todos, es convicción. No solo quiere: está convencido de que va a llegar. No carga paradigmas. No tiene esos límites mentales que muchos arrastran. Él sabe que puede. Creció en La Punta, habla como costeño aunque sea güero. Y también habla inglés como hawaiano. Está mentalmente preparado para quemarse los pies en la arena y tirarse en Hawái. Muchos niños mexicanos tienen el potencial, pero están frenados por reglas no escritas, por lo que la sociedad les ha dicho que no pueden hacer. La diferencia es esa: Kalama no está limitado. Tiene fe. Y la fe es un superpoder”.


—¿Qué te gustaría decirle al César y al Kalama del futuro, digamos dentro de diez años?


“Lo logramos” —responde con humildad— “¿Te acuerdas cuando fuimos al Mundial? ¿Te acuerdas cuando fuimos a las Olimpiadas? —continua César— "Porque ya lo hicimos una vez, y si lo haces una vez, puedes hacerlo otra vez. El primer mexicano en las Olimpiadas fue Alan; luego estuvo Sebastián (Williams). Y cada vez que uno lo logra, la puerta se abre un poco más. Es como cuando Roger Bannister rompió la barrera de los cuatro minutos: todos creían que era imposible… hasta que uno lo hizo”.


Un proverbio africano dice: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”. Hoy, en las costas de Oaxaca, México tiene una generación de jóvenes surfistas que eleva el nivel día con día. Chicos y chicas guiados por personas como César y la Asociación Estatal de Surf Oaxaqueña, quienes fomentan una competencia sana y empujan su desarrollo hacia horizontes que antes solo podían soñarse.


Comencé este relato diciendo que en Oaxaca se estaba formando una nueva ola, pero hoy sé que no es solo una ola: es una fuerza que viene de lejos, impulsada por el espíritu de quienes encontraron la salvación en el mar. Una línea invisible conecta a Opa, César, Jared y ahora Kalama: una genealogía forjada en agua salada y fe.


No es casualidad que Kalama signifique antorcha en hawaiano. Porque eso es: la flama encendida de una historia que se niega a apagarse. Y mientras sus pies toquen la tabla, el legado seguirá avanzando, ola tras ola, hacia lo más alto.